jueves, 28 de marzo de 2013

Aproximación al concepto de idealidad trascendental


Sentado en un escritorio, caminando por la calle o recorriendo en  bus, en cualquier circunstancia de la vida cotidiana nos encontramos rodeados de objetos que percibimos de alguna manera, bien sea porque sentimos su olor, degustamos su sabor o simplemente lo miramos. Vivimos tan enfrascados en esa rutina desde la niñez que, el preguntarnos el por qué nosotros como humanos podemos percibir aquellas cosas,  pierde interés y consideramos que pensar en ello es huero y carece de importancia. Pero si nos preguntamos al igual que lo hizo Kant en la crítica de la razón pura  por aquello que realmente podemos  conocer y hasta qué punto lo podemos hacer, miramos en cierto modo a esos objetos como extraños: ¿y si yo, siendo el hombre que soy, no tuviese uno de mis sentidos, un lápiz seguiría siendo un lápiz? ¿Y si tuviese otro sentido qué? ¿Qué puedo decir entonces que sea un lápiz? ¿Será que las cosas que percibo realmente son como creo? Kant a través de su idealismo transcendental nos  brinda una respuesta  de lo que podemos realmente conocer, y para ello se vale del análisis del tiempo y del espacio.



Espacio y tiempo como formas puras de la intuición sensible

Para cada uno de nosotros es evidente que todo cuanto percibimos, se halla en un determinado espacio y en un determinado momento del tiempo. Para Kant,  como todo aquello que percibimos fuera de nosotros mismos hace parte del espacio, y gracias al él damos orden a las cosas (arriba, abajo, izquierda, derecha, sur, etc.) el espacio es la forma que nos permite percibir todo lo que nos rodea.  Además, como  todo cuanto pensamos sobre nosotros mismos  lo hacemos gracias al tiempo (pues gracias al tiempo damos orden a nuestras vivencias) el tiempo es la forma que nos permite percibir lo que somos.

Ya que gracias al tiempo y al espacio logramos percibir todo lo que nos circunda y aquello que somos, tanto espacio y tiempo no pueden derivar de experiencia alguna. En otras palabras un niño recién nacido no  aprende lo que es el espacio y el tiempo a través de la experiencia, pues ¿de qué manera entonces, sin las formas del espacio y del tiempo, el niño daría orden a las cosas para poderlas conocer y tener experiencia?   

Kant explica lo anterior en su exposición metafísica, y a su vez insiste en que no debe considerarse "espacio" y  "tiempo" como meros conceptos. Espacio y  tiempo no son conceptos empíricos derivados de la experiencia, puesto que la experiencia sólo es posible gracias a los dos, por lo que resultan ser, formas puras de la intuición sensible. De ahí que espacio y tiempo precedan  cualquier experiencia (esto es, son a-priori), y sean más bien condiciones de posibilidad para que se dé la misma.

Ya que espacio y tiempo preceden toda experiencia, y como nosotros percibimos lo que nos circunda y aquello que somos, tanto el uno como el otro, están en nosotros (en nuestro ánimo) antes que cualquier experiencia. De modo que, ni el espacio ni el tiempo, representan alguna propiedad de las cosas en sí, o sea, no son  características propias de las cosas. Podemos decir de un cuaderno –por ejemplo- que sus características son: pesado, blanco, liso, etc., pero no podemos incluir -dentro de aquellas mismas características- tiempo y espacio.

El realismo transcendental y la idealidad empírica

En el prologo a la segunda edición de la crítica de la razón pura, Kant manifiesta su inconformismo respecto a la manera en que se ha situado el problema de la posibilidad de la conciencia, o  en otras palabras, la manera en que se cree que percibimos los objetos. Kant dice:

“Hasta ahora se admitía que todo nuestro conocimiento tenía que regirse por los objetos; pero todos los ensayos para decidir a priori algo sobre estos, mediante conceptos, por donde seria extendido nuestro conocimiento, aniquilábanse en esa suposición”[1].

Kant señala que si partimos del hecho de que los objetos rigen nuestro conocimiento, no es posible explicar el conocimiento a-priori  del tiempo y del espacio; apriorismo que él tanto defiende en su exposición metafísica antes mencionada.

De manera que su crítica se desarrolla en contra de dos teorías filosóficas muy vigentes  en su época: una que se puede denominar  como "realismo transcendental", y la otra como "idealismo empírico".

Brevemente, la primera  plantea que el mundo se compone de realidades, de cosas que el sujeto percibe, pero que no modifica. “es como si la cosa, la realidad, chocase con la conciencia y, a resultas del encontronazo, dejase en la conciencia grabada la marca de su perfil”[2]. Lo anterior respalda  la idea de la tabula rasa de John Locke, según la cual el sujeto nace con la mente en blanco para luego ser llenada de información por medio de la experiencia.

Este realismo transcendental considera que las cosas que percibimos no se ven afectadas  por el hecho de que nosotros las conozcamos, es decir, la realidad de los objetos que percibimos es totalmente independiente del sujeto. Lo anterior se refiere a que todo lo que conocemos en el mundo, es tal cual es, y nosotros simplemente percibimos esos objetos tales como son. Ello equivale a decir que la mente humana no influye de ninguna manera en la realidad de las cosas, pues solo capta. 

Pero si aceptamos que las cosas son totalmente independientes del sujeto tendríamos que negar la a-prioridad del espacio y del tiempo, pues espacio y tiempo se presentarían como pertenecientes a los mismos objetos y no como aquellas formas que posibilitan todo tipo de representaciones en el individuo (recuerden el ejemplo del cuaderno). Por otro lado si por ejemplo tocamos una piedra y decimos que la piedra es suave, lo afirmamos  gracias al sentido del tacto, pero si imaginamos el caso de no poseer aquel sentido, resultaría luego que no podríamos realizar aquella afirmación. Lo anterior invita a que Kant   considere que la mente humana si es parte activa a la hora de representar el mundo.

La segunda, el idealismo empírico, plantea que la existencia de los objetos en el espacio fuera de nosotros es, dudosa e indemostrable o falsa e imposible. Las personas con sus características mentales, determinan  la realidad de los objetos que perciben en su vida cotidiana. Aquí entra en juego la interpretación que hace el individuo sobre el objeto. Es dudosa e indemostrable, o falsa e imposible, dada la gran diversidad de interpretaciones; un objeto puede ser pesado para alguien mientras que para otro es ligero y liviano. Como vemos, este idealismo deja abierta la posibilidad del conocimiento a-priori del espacio y del tiempo pues el individuo es quien rige a los objetos. Pero este mismo idealismo al poner en duda la realidad de los objetos, no otorga ninguna valides a la realidad de los mismos.  

Ya que ninguna de las dos perspectivas anteriores, realismo transcendental e idealismo empírico, satisfacen a Kant -la primera por negar el conocimiento a priori y la segunda por poner en duda la existencia de las cosas (lo empírico)-, propondrá lo que él mismo denomina un giro copernicano.

La idealidad transcendental

Solo a través del espacio podemos recibir las intuiciones externas, pues el espacio precede a las representaciones de los objetos (de forma análoga sucede con el tiempo). Pero, como nosotros somos capaces de percibir los objetos que nos rodean y de percibirnos a nosotros mismos, entonces la forma de esos objetos (la manera como clasificamos y ordenamos los fenómenos para poderlos distinguir unos de otros) se halla en nuestro ánimo antes de ver los objetos y de intuirnos a nosotros mismos.

De modo que solo podemos hablar de tiempo y espacio desde el punto de vista humano, ya que no es  posible negar que  existan otras formas de ordenar y clasificar los fenómenos en el ánimo de otros seres. Nosotros somos capaces de clasificar los objetos bajo la condición de espacio y tiempo, pero, en otros seres, pueden existir otras condiciones para que se representen objetos y se intuyan a sí mismos. Y como todo ser humano comparte las mismas formas de la intuición sensible (tiempo y espacio) y ciertas cualidades físicas, existe cierta objetividad en las representaciones a pesar de la subjetividad de cada individuo.

Todo lo anterior hace referencia a la idealidad transcendental. Es transcendental debido al carácter a-priori del espacio y el tiempo, e ideal, debido a que éste afirma la subjetividad de los individuos sin negar la validez de los objetos mismos. Son los individuos quienes rigen los objetos. Además la idealidad transcendental  afirma que  nosotros solo nos hacemos representaciones de los objetos (solo conocemos los fenómenos), y no nos es posible conocer las cosas como son en sí mismas.




[1] Kant, Immanuel . CRP. Santillana. Buenos Aires Argentina. 2006. pág. 20
[2] Norro, García. Introducción a la crítica de la razón pura. Planeta, Madrid. 2001.pag 80 

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